MADRID

Miércoles, 25 de noviembre de 1998

Erase una vez la Guerra Civil

Miembros de la Asociación para la creación del Archivo sobre esta contienda visitan Madrid

PASCUAL GARCIA

MADRID.- No eran las cinco en punto de la tarde, sólo las cuatro y media, pero el lugar tenía evocaciones lorquianas. Eran las cuatro y media en la cafetería de la Residencia de Estudiantes.

Era una entrevista normal, de un día normal y el objeto del asunto mantener una conversación con cuatro mujeres -luego resultaron ser cuatro maravillosas mujeres- que están empeñadas en poner en marcha un archivo de la Guerra Civil española, una recopilación de testimonios personales y de documentos aportados por niños de la guerra, brigadistas internacionales, exiliados, guerrilleros, resistentes, hijos de éstos y de aquéllos, guardianes de historias y memorias. El proyecto, que nació en marzo de 1997 a raíz del homenaje a las Brigadas Internacionales, se ha consolidado -en buena medida gracias a la tenacidad de Dolores Cabra- y, a día de hoy, cuenta con grupos de trabajo en 13 países.

Las historias y los currículos de las interlocutoras son de los que, automáticamente, conducen la mano a la boina y la boina al regazo.

Ayer, justo cuando Adelina Kondratieva iniciaba su relato, se acercaban hasta la cafetería de la Residencia un grupo de jóvenes, a los que se sumaron otros, que se fueron acurrucando junto a la mesa para escuchar, casi sin respirar, los testimonios de unas mujeres que, hace muchos años, vivieron una guerra en España.

Adelina se detiene en el relato. Los detalles son imposibles ni siquiera de rozar en una crónica de dos folios. A sus 78 años se ocupa de los archivos que están en Moscú, principalmente de brigadistas internacionales. Su historia, la de sus padres, sus viajes, sus éxodos, harían palidecer al Curro del Caribe. De padre y madre rusos, nació en Buenos Aires después de que «papá», como ella lo llama, fuera condenado a muerte por participar, a eso de 1910, en las revueltas contra el gobernador de Ucrania. De ahí, después de que fuera expulsado por trotskista del Partido Comunista, a Uruguay. Luego, a Berlín, donde asistió al nacimiento del nazismo, y por fin, en el 36, a España, a Valencia, donde a sus 17 años, Adelina fue destinada al Estado Mayor de la Aviación, donde trabajó como traductora.

Carmen Parga, 84 años y furibunda antiestalinista, estudiaba Historia en Madrid cuando estalló la guerra. «Mi marido era físico-matemático y, ocasionalmente, militar. Mandaba un cuerpo de Ejército en el Ebro. El fue el primero que pasó el río y el último que lo cruzó de vuelta. Fue el último jefe militar en ir perdiendo Cataluña palmo a palmo. A mis nietos, cuando perdían algo y lloraban, les decía: "No lloren, yo perdí Barcelona"».

Carmen y su marido también pasaron por París, Yugoslavia y Checoslovaquia, hasta la muerte de Stalin, antes de llegar a México.

Concha Ruiz-Funes, que coordina la recopilación de archivos en México, es hija de Mariano Ruiz Funes, ministro del Gobierno republicano de Largo Caballero. Nació en México.

Ahora luchan por el archivo y por la concesión de pensiones para los niños de la guerra. A juzgar por su fuerza y por los aplausos que recibieron de los jóvenes que, espontáneamente, asistieron a la entrevista, lo conseguirán.