Domingo, 11 de octubre de 1998
Sociedad / LA ULTIMA PRISION DE FRANCO
El largo adiós a la cárcel de Carabanchel
Construida después de la Guerra Civil, historias y recuerdos se acumulan entre los barrotes del penal madrileño
JUAN CARLOS DE LA CAL
MADRID.- Casi 59 años y un día. La cárcel de Carabanchel ha cumplido su condena. Cuando dentro de unos meses deje de existir, la imagen de la prisión interior que permanece en el recuerdo de muchos de sus antiguos inquilinos desaparecerá también entre sus piedras. La historia de Carabanchel es la historia de un ajuste de cuentas eterno entre la sociedad y sus renglones torcidos. Franco la concibió en 1940 como pudridero de sus enemigos políticos. Los que no fueron a cavar al Valle de los Caídos pasaban hambre, frío y desolación en el Alcatraz madrileño. Los propios presos la construyeron. Entonces las cárceles no tenían piscinas, pistas de pádel o televisión. «Entonces sólo había ratas y hombres derrotados», recuerda Simón Sánchez, de 83 años, el líder comunista a quien la Dictadura le hizo recorrer todas sus cárceles durante tres décadas.
Montero y Marcelino Camacho fueron dos de los presos más insignes de Carabanchel. El último llegó en 1973 y protagonizó sonoras huelgas de hambre. Muchos -hoy políticos de renombre- presumieron durante años de haber pasado por sus galerías. Pero su estancia se redujo a varias semanas.
«La primera vez que entré fue en 1948. Me trajeron desde el penal de Burgos para que me juzgara el Tribunal contra la Masonería y el Comunismo. La cárcel me pareció cómoda si la comparamos con las que conocía. Tenía un comedor muy hermoso. El mes que permanecí engordé gracias a las comunas que se montaban en las galerías. Esta organización nos permitía a los presos políticos vivir mejor», recuerda Montero.
Por su comportamiento, los funcionarios sabían distinguir las debilidades de sus vigilados: los anarquistas siempre estaban solos; los comunistas eran los que más leían; y los socialistas andaban en grupo. «Organizábamos concursos de canciones revolucionarias. Lo peor de todo era cuando te metían en una celda de castigo. Eran auténticas jaulas. Yo estuve un mes dentro. Aunque, a veces, era mejor quedarse. Si salías, corrías el riesgo de recibir alguna paliza», asegura el viejo comunista.
Pero no sólo de la política vivían los presos. A través de sus barrotes, miles de reclusos vieron cómo el régimen franquista rescataba para la infamia el garrote vil, con el que se ajustició a varios condenados. El 4 de julio de 1959 daba su último suspiro el más célebre de ellos, Jarabo, acusado de cuatro asesinatos. Cuatro años después, dos anarquistas, Francisco Granados y Joaquín Delgado, fueron ejecutados. Murieron alegando su inocencia sobre los atentados que les achacaban. Hace poco se demostró que tenían razón.
De esta época corren muchas leyendas en Carabanchel. Hay quien dice que, cuando las máquinas remuevan los subterráneos de la cárcel, aparecerán los huesos de muchos desaparecidos o presos presuntamente fugados en aquellos primeros años. Afortunadamente, con la llegada de la democracia la situación mejoró ostensiblemente.
Más violaciones
«Las galerías estaban tan sucias que cuando caminabas por los pasillos se te quedaban pegados los tacones. La comida era mala, insuficiente y siempre estaba fría. Las violaciones en aquellos años, por ejemplo, eran una realidad. Yo presencié una masiva y fue terrible. Después, con la llegada del vis-à-vis, la situación se relajó y actualmente son un tópico», asegura el sacerdote Carlos Jiménez de Parga, asesor del Defensor del Pueblo para asuntos penitenciarios, que también estuvo preso en Carabanchel en 1968 por «causas políticas».
Este cura fue uno de los fundadores del mítico Colectivo de Presos en Lucha (COPEL) que organizó los mayores motines en el interior de la cárcel. «Con la llegada de la droga, la explosión del sida y la relajación del reglamento penitenciario la prisión cambió. La única droga que se consumía entonces era la tónica, que consistía en una botella de esta bebida rellena de ginebra. Recuerdo que los funcionarios hacían concursos para cazar ratas y que a muchos presos los jueces les hacían el traje, ajustándoles la condena a los años que habían pasado como preventivos», dice Jiménez.
La primera norma que se aprobó por mayoría absoluta en las Cortes democráticas fue la reforma de la Ley General Penitenciaria. «Es lógico. Todos los partidos tenían gente suya en alguna prisión. Luego, con la llegada de Antonio Asunción, se produjo el impulso definitivo. En Carabanchel, por ejemplo, se empezó a comer caliente. Se pasó de tener dos médicos a más de 20. Y todos los presos tenían derecho a una televisión en su celda. Este detalle tranquilizó mucho los ánimos. Los reclusos estaban entretenidos», añade el sacerdote.
En la década de los ochenta llegaron las mujeres procedentes de la desmantelada cárcel de Yeserías. El cotarro se animó y reclusos y reclusas mataban el tiempo comunicándose a través de las ventanas. Hubo incluso alguna boda. Después, en los noventa, aparecieron las dramáticas estadísticas, en las que la opinión pública supo que más de la mitad de los presos está infectado con el VIH, o es toxicómano, o analfabeto... A partir de ahora, las cuentas las harán en otros destinos.
#Especulación inmobiliaria o equipamientos sociales
Especulación inmobiliaria o rendimiento social. Desde que se anunció la demolición de la cárcel de Carabanchel, partidos políticos, instituciones y asociaciones vecinales han iniciado una campaña para definir el futuro de estos suculentos terrenos.
Cuando se ponga en marcha la operación en las 25 hectáreas que ocupa, el Ayuntamiento, a través del nuevo Plan General de Urbanismo, autorizará la edificación de un millar de viviendas de promoción libre. Por este terreno, la Sociedad de Infraestructuras y Equipamientos Penitenciarios (SIEP) podría obtener unos beneficios netos de hasta 4.000 millones de pesetas que destinará a la construcción de nuevas prisiones.
Además de las viviendas, la zona estará dotada con 23.000 metros cuadrados de parques, otros 50.000 serán destinados a la red del metro y en los restantes 38.000 se desarrollarán equipamientos de uso público. Los vecinos de Carabanchel reivindican desde hace años la recuperación de equipamientos deportivos, culturales y de ocio de los que adolece el barrio. El Ayuntamiento tampoco ha descartado mantener el antiguo Hospital Penitenciario como centro de salud.
Pero todos estos planes han levantado una auténtica polvareda política. Respecto a este asunto, el concejal de IU en el Ayuntamiento de Madrid Julián Rebollo afirmó ayer que la operación que quiere hacer el Consistorio de la localidad con el Ministerio del Interior «es especulativa y significa un pelotazo inmobiliario de más de 31.000 millones de pesetas».
En relación al uso de los terrenos de la cárcel, Rebollo expresó su apoyo a las propuestas de la Coordinadora Vecinal de Carabanchel y Latina para que estos terrenos se destinen a equipamientos sociales y sanitarios. En este sentido, el concejal de IU señaló que acudirá a la manifestación convocada por esta Coordinadora para el próximo día 22, que saldrá de los barrios de Aluche, Las Aguilas y Carabanchel para terminar concentrándose frente a la cárcel.
A su juicio, el suelo de la penitenciaría es público y «pertenece al pueblo de Madrid, por lo que el Ayuntamiento no lo puede utilizar para hacer una operación especulativa».
Abierta al público
Antes de su demolición, la prisión de Carabanchel podrá ser visitada por todos aquellos que lo deseen. Según ha podido conocer este periódico de algunas fuentes penitenciarias, durante un periodo no inferior a dos meses las viejas galerías de la cárcel quedarán abiertas al público. Algunas, sin embargo, las más deterioradas, permanecerán cerradas hasta que las máquinas las derriben.
Instituciones Penitenciarias aún no tiene decidido cómo se regulará el sistema de visitas.
«Pretendemos dar una oportunidad a los habitantes de la ciudad para que vean cómo es una cárcel por dentro, sin necesidad de que tengan que residir en ella», aseguraron estas mismas fuentes.
La prisión alberga más de 2.000 hombres y 500 mujeres. La mayoría están siendo trasladados a la recientemente inaugurada cárcel de Aranjuez y otros a la de Soto del Real. El pasado 15 de julio llegaron a la prisión los ocho últimos reclusos. Ninguno más volverá a entrar en Carabanchel.