Jueves, 25 de junio de 1998
MARCOS R. BARNATAN
Lorca sin vestigios
La minuciosa reconstrucción de algunos importantes aspectos de la vida y la obra de Lorca es una de las aportaciones más interesantes de la exposición que exhibe el Reina Sofía, que quiere ser el buque insignia de los actos oficiales que conmemoran el centenario del poeta. La enorme cantidad de documentación reunida es mérito de los cuatro comisarios, que han trabajado duro en un desafío que implicaba tanta responsabilidad contrarreloj.
Aunque no se pretendió una muestra biográfica, el primer apartado es una evocación de la juventud de Lorca y sus relaciones con Manuel de Falla, Juan Ramón Jiménez y Manuel Angeles Ortiz, que culmina con la publicación de Poema del cante jondo. Le siguen la época madrileña de la Residencia de Estudiantes, marcada por su amistad con Buñuel y Dalí, las alegres fotos de las verbenas junto a los lienzos de Maruja Mallo, los dibujos de Norah Borges o las pinturas de María Blanchard. Después, los poetas: Aleixandre, Guillén, Alberti, Neruda o Cernuda.
Dibujos de Lorca, poemas autógrafos, cartas, primeras ediciones, retratos y obras pictóricas de Torres García, Barradas, Picasso o Georgia O'Keefe sirven de ilustración a un paseo que se detiene en los viajes del poeta -Nueva York, La Habana, Buenos Aires- y su exitosa labor teatral.
Toda la intensidad de su tiempo, el de la generación poética del 27 o de la Dictadura, y el esplendor vanguardista que acompañó a la República, se respira en una exposición que, pese a su voluntaria neutralidad a la hora de narrar, contagia el entusiasmo creador de Lorca y su entorno.
Pero la exquisita discreción de los comisarios mantiene el espíritu de ambigüedad y hermetismo sobre la vida sentimental del poeta que ha sostenido su familia. Algo que disgusta a Ian Gibson en uno de los textos del catálogo. Y hay más, se nos presenta a un Lorca sin ideología, sin compromisos políticos, que desaparece trágica y prematuramente en agosto de 1936. Ni un vestigio del alzamiento, ni una palabra acerca de una Guerra Civil que estalló esos días, ni de quiénes fueron los responsables de su vil asesinato.
Tan sólo el increíble certificado de defunción, como el escueto broche de su vida. La demasiada elegancia de quienes no han querido revolver en el avispero