Domingo, 21 de junio de 1998
Los años que Hemingway vivió en Madrid, entre juergas y libros
El Círculo celebra su centenario con una muestra
PILAR PORTERO
MADRID.-Un día que Hemingway paseaba por la calle de Preciados, en 1956, un escritor le espetó: «¡Eh tú, por qué no escribes ahora Por quién doblan las campanas!». El grandullón respondió en perfecto español: «¡Cabrón!».
A pesar de percances como éste, a Ernesto (así es como él mismo se presentaba) los madrileños le parecían «simpáticos, bromistas y discutidores», tal y como apostilla el escritor José Luis Castillo Puche, amigo y cicerone durante sus últimas estancias en la capital en los años cincuenta y en 1960, ya con la muerte en los talones.
Ernesto adoraba Madrid. Desde aquí escribió las crónicas de la Guerra Civil. Aquí se corrió grandes juergas, hizo buenos amigos y se nutrió de experiencias que luego volcaría en sus libros.
En Madrid padeció también su declive físico y mental. Este año se cumple el centenario de su nacimiento. En el Círculo de Bellas Artes, del 1 al 30 de julio, una exposición de recuerdos conmemora su paso por España.
Hemingway amaba nuestro país aun antes de conocerlo. Con 14 años firmaba en la revista del colegio como Ernest de la Mancha. A los 17 años sólo deseaba huir.
Cambió la fecha de su partida de nacimiento, adelantándola un año. El 21 de julio de 1899 salta al 1898. Por ello este año se celebra su centenario. Así, puede alistarse como voluntario en la Primera Guerra Mundial.
En 1922 inicia su idilio con la fiesta nacional en los Sanfermines. Obsesionado con el ritual de la muerte y la lucha entre toro y matador, regresa a Madrid y Pamplona hasta 1934. Ese año compró un yate de pesca al que bautiza Pilar en honor, según confesó, de la patrona de España.
En Madrid se sentía como en familia. Taxistas, camareros y vividores nocturnos se tuteaban con él y se enfrascaban en encendidas discusiones.
La pensión Aguilar, en la Carrera de San Jerónimo, era su cuartel general. Con el museo del Prado a un paso, comienza su admiración por el Bosco, Velázquez y Goya.
AMISTADES.- Entre vuelta y vuelta por el Prado, Hemingway frecuenta a los toreros de la época: Marcial Lalanda, Nicanor Villalta, Maera y Belmonte. En plena Guerra Civil, en 1937, siendo ya muy célebre y muy rico gracias a Fiesta y Adiós a las armas, regresa a España como corresponsal de la agencia NANA. «Tímido, reservado y muy fanfarrón», como le define Castillo Puche, Ernesto está eufórico, escribiendo una crónica tras otra desde el hotel Gran Vía. En Madrid se deja seducir por Martha Gellhorn, una periodista americana, con la que se hospeda en el hotel Florida, en Callao. Será su tercera esposa.
Este hombretón curtido en mil batallas, lo mismo toma un whisky en la barra de Chicote que mata conejos en el Pardo para los combatientes del Madrid sitiado. A pesar de poseer una «intuición bárbara y notable inteligencia», nunca sospechó que Martha era una espía vestida de reportera.
En 1938 dice adiós a España por 15 años. Vuelve en 1953. Ese mismo año Ernesto se enamora platónicamente de Antonio Ordóñez.
La muerte, presente en sus pesadillas, le obligaba a dormir con la luz encendida. «Era de poco dormir. Me llamaba a las seis de la mañana para quedar por la noche. Le aterraba la soledad y procuraba que nunca le faltara un amigo», rememora Castillo Puche.
A este joven escritor lo buscó el propio Ernesto después de leer su obra Con la muerte al hombro. Su estancia más prolongada en Madrid se produjo en 1956, año en que pasó varios meses a caballo entre la capital y El Escorial.
En el entierro de Pío Baroja -octubre del 56-, Dionisio Ridruejo le propone formar tertulia con Cela, Julián Marías, Fernández Santos, etcétera. Dijo que iría, pero, en cuanto se dio la vuelta, indicó a Puche: «De reuniones con escritores, nada».
Su hígado empezaba a no aguantar las cuatro o cinco botellas de tinto Las Campanas con que regaba sus comidas en El Callejón de la Ternera, Botín, El Fogón o La Brasa.
En 1956, el doctor Madinaveitia le prohíbe el alcohol, las mujeres y los viajes, pero Ernesto jamás renunció a ninguna de las tres cosas. En los bares de Sol bebía vino a porrón. La zona centro era su barrio y lo dominaba hasta el más recóndito rincón.
DETERIORO.- Residía en el hotel Suecia, su hogar en los años 56, 59 y 60. Rodeado de libros y whisky, alternaba las salidas cerca de la capital con la vida nocturna.
En 1959, los excesos con el vino y la petaca de whisy se tradujeron en delirium tremens y manía persecutoria. Creía que el FBI y la policía le pisaban los talones.
Un año antes de su muerte, en 1960, estuvo en Madrid por última vez. Su deterioro físico y mental era patente. Se encierra en el Suecia y hay que convencerlo para que regrese a su hogar. Al llegar lo ingresan en la clínica Mayo. Al salir, el 2 de julio de 1961, repite el ritual con que su propio padre se despidió del mundo 33 años antes. Un disparo en la boca con su rifle predilecto puso punto final a una vida de novela.
«¿Qué hace este tío aquí?»
«¡Caramba. ¿Qué hace ese tío aquí!», soltó Baroja al enterarse de que Hemingway acababa de traspasar el umbral de su burguesa casa.
Era el afamado escritor «siempre rodeado de putas y dólares», en palabras de Baroja. Traje y corbata sustituían a sus camisas y pantalones de sport. Se había puesto elegante. El escritor vasco veía pasar sus últimas horas con la ironía y el estoicismo que lo caracterizaron siempre.
A pesar de que días después Pío falleció, esa tarde de octubre de 1956 los dos escritores intercambiaron unas cuantas frases. «Yo le había repetido a Ernesto que su Nobel le correspondía a Baroja. Así que Hemingway comenzó diciendo que Unamuno, Azorín, Machado y el propio Pío merecían más el galardón», recuerda Castillo Puche.
Baroja se enfurruñó porque algunos de esos nombres no eran de su agrado y le espetó: «¡Bueno, ya basta! que como siga así vamos a tocar a muy poco».
Hemingway le llevó un ejemplar de Adiós a las armas, una botella de Johnie Walker, un jersey y calcetines. La siguiente cita sería en el cementerio.