MADRID 

Sábado, 23 de mayo de 1998 

LA MIRADA DEL ARQUITECTO 

ENRIQUE DOMINGUEZ UCETA 

La utópica vivienda de La República 

LA CASA DE LAS FLORES.- Con este nombre se conoce una manzana del barrio de Argüelles que encarna el mejor empeño residencial de la arquitectura moderna madrileña de la primera mitad del siglo XX. La República se volcó en realizar colegios y centros asistenciales y sociales; en lo residencial colectivo, la República dejó la excepcional Casa de las Flores, que debía servir de modelo para esa ciudad nueva e higiénica que hiciera de la luz y de la buena ventilación, de la terraza y el jardín, su emblema. A pesar de los daños sufridos en la Guerra Civil, hoy se conserva intacta y protegida por su interés artístico. Fue residencia de Pablo Neruda.

Cuando surgió la Casa de las Flores en el barrio de Argüelles, a principios de los años 30, la arquitectura burguesa madrileña seguía levantando en todo lo que se llamaba el Ensanche (barrios de Salamanca, Argüelles y Embajadores) casas ostentosas en su fachada y poco higiénicas en su funcionamiento, ya que la mayor parte de las habitaciones daban a patios angostos y oscuros. Las grandes manzanas rectangulares, definidas por Castro en su plan de ensanche de Madrid de 1860, se construían adosando edificios entre medianeras, que ocupaban estrechas parcelas, con poca fachada y mucho fondo, dando lugar a casas de largos pasillos con habitaciones que daban a sucesivos patios interiores.

Frente a estos criterios de especulación y ostentación en la construcción de la ciudad, algunos arquitectos modernos empiezan a proponer edificios más higiénicos, en los que todas las habitaciones sean exteriores, ventilen a la calle o a grandes patios, y dispongan de servicios también bien ventilados. El bloque lineal aislado es el tipo arquitectónico que encarna el ideal higiénico: una doble estantería en la que se apilan habitaciones que están, todas ellas, en contacto con el exterior, al menos en una de sus caras.

La Casa de las Flores va a suponer un paso intermedio entre la ciudad de manzanas cerradas del Plan Castro y el bloque abierto que marcará el futuro de la vivienda colectiva. Para ello se configura como un doble bloque lineal que se adapta al perímetro de la manzana, con un largo patio interior que separa los dos bloques, sólo interrumpido por las cajas de escalera, y un gran espacio central ajardinado que se abre a las calles de Rodríguez San Pedro y de Meléndez Valdés.

EDIFICIO EJEMPLAR.- Su singularidad parte de que consigue actuar sobre una manzana completa, pensada en conjunto y realizada de una sola vez. El proyecto, de 1930, proponía un edificio ejemplar en lo arquitectónico y en lo urbanístico, que demostraba que era posible una ciudad mejor sobre las manzanas previstas en el Plan de Ensanche de 1860.

De esta manera, la Casa de las Flores trasciende su carácter de edificio residencial en un monumento a la racionalidad y a la ética arquitectónica. Pocas veces encontramos en nuestro patrimonio un ejemplo tan claro de compromiso urbanístico, al proponer una nueva manera de construir la ciudad, con jardines, viviendas higiénicas, y que valora la calle como espacio colectivo. La idea llegaba cargada de futuro y con intención de cambiar la ciudad, asumiendo las ideas modernas de la disciplina arquitectónica que llegaban de Amsterdam y de Viena. También se identificaba con la ideología de la nueva sociedad civil que encuentra su cauce en la incipiente República.

La carga ética de la Casa de las Flores se prolonga en lo puramente arquitectónico y formal. Defiende la sinceridad constructiva, empleando para las fachadas un material como el ladrillo, al mismo tiempo barato y estético, con raíces en la arquitectura popular y en la culta de los edificios neomudéjares, y que coincide con el empleado por Berlage en la Bolsa de Amsterdam, uno de los modelos para la inserción urbana del edificio.

Es interesante comparar la Casa de las Flores con sus edificios vecinos, de fachadas recargadas, llenas de balaustres, molduras y torreones de esquina. Frente a ellas, aparece como una arquitectura de formas limpias pero no aburridas, con variedad volumétrica y de huecos, que juega con portales, ventanas y terrazas para conseguir un efecto de variedad basado en la composición antes que en el detalle, aunando clasicismo y modernidad. Sus esquinas rectas, en caja, no son frecuentes en aquel tiempo, y los grandes balcones de la esquina que asoma a Princesa -con las flores que dan nombre a la casa- son pioneras de lo que se convertirá en seña de identidad de la arquitectura residencial de posguerra: las profundas terrazas en fachada.

El hecho de que la esquina más grata de la casa asome a la calle de la Princesa en su último tramo, con sus balcones cuajados de flores, convirtió al edificio en un emblema de la sociedad moderna que nacía con la República. El racionalismo se extendía con fuerza por Madrid, y el impulso latente hacia la modernidad y la homologación con Europa parecía imparable.

SECUNDINO ZUAZO.- El autor de la Casa de las Flores fue el arquitecto bilbaíno Secundino Zuazo, uno de los nombres más importantes de la historia del Madrid del siglo XX. Nos ha dejado varias viviendas colectivas en el Ensanche, pero lo más importante acaso sean otros edificios, como los Nuevos Ministerios, en la Castellana, ideados en ladrillo, la Casa de las Flores, del mismo material, y el Palacio de la Música en la Gran Vía.

Su prestigio como urbanista se acrecentó con el Concurso Internacional para la Ordenación de Madrid (1929-1930), al que se presentó con el ingeniero alemán Jansen. Su trabajo no cumplía las bases, por lo que no ganó la competición, pero fue el proyecto de mayor interés e influencia, y el que marcaría el crecimiento de Madrid hacia el norte con la prolongación de la Castellana.

Sus ideas fueron recogidas por el Gobierno de la República, con el que trabajaría en estrecha colaboración. Represaliado por los vencedores de la Guerra Civil con un destierro de cuatro años en Canarias, volvería a trabajar en Madrid, viendo cómo sus ideas generales eran utilizadas por los nuevos responsables del urbanismo, aunque despojadas de buena parte de su contenido.