Miércoles, 22 de abril de 1998
ALFONSO ROJO
La primera víctima
La primera víctima de toda guerra es la verdad. Este tajante aforismo, acuñado por los griegos cuando el intrépido Alejandro Magno comenzaba a pelear con los persas, es especialmente aplicable en los conflictos civiles.
La versión del bombardeo de Gernika dada el pasado domingo en uno de los programas estelares de la televisión pública alemana es muy discutible, pero resulta indudable que la cobertura periodística de la contienda española fue muy poco profesional.
Ninguno de los que acudieron a la Península, para luchar o escribir, salió indemne de una experiencia que marcaría a fuego las almas, el ideario, la memoria y los ademanes de toda una generación. Fue un momento apocalíptico de la Historia, uno de esos instantes en que todos se sienten obligados a tomar partido y asumir opciones trascendentales.
La España fratricida fue un imán; una tragedia que fascinó hasta el hipnotismo a los autores con más talento de esa época: Hemingway, Malraux, Orwell, Dos Passos, Koestler... Novelistas y corresponsales se entreveraron en el conflicto con ardor y eso afectó inevitablemente a la objetividad de su trabajo.
«Desde muy temprano me di cuenta de que no hay acontecimiento que sea correctamente relatado en un diario, pero en España, por primera vez, vi crónicas periodísticas que no guardaban relación alguna con los hechos, ni siquiera la que implica una mentira ordinaria». Este fragmento, extraído de la obra Looking Back on the Spanish War, es obra de George Orwell y resulta revelador.
Ningún otro conflicto moderno, ni siquiera el yugoslavo o el árabe-israelí, ha despertado emociones tan vehementes, compromisos tan hondos y lealtades tan desgarradas como la Guerra del 36.
En esencia, como escribió Orwell, fue una lucha de clases y ambos bandos veían el choque como una cruzada. La intervención de Hitler y Mussolini en favor de los «nacionales» y de Stalin en favor de los «republicanos» exacerbó las cosas.
Abrir debates sobre cifras de muertos o grados de veracidad de ciertos episodios, como sugería el comentarista alemán que debemos hacer los españoles, quizá carezca de sentido en estos momentos, pero vendría bien no dejar que se olvide lo que es el horror de una guerra civil.
Floy Gibbons, del Tribune de Chicago, para quien la española iba a ser la novena campaña de su carrera, no tuvo suficiente estómago para seguir el conflicto. Al mes de llegar hizo las maletas: «Es la más sangrienta y costosa guerra que he visto en mi vida... es espantoso el comprobar lo inhumanos que pueden ser unos hombres con otros».
Como hemos visto en la antigua Yugoslavia, es indiferente
que los protagonistas sean blancos, educados y europeos. Cuando sobreviene una contienda
fratricida, la crueldad de los participantes jamás toca fondo.