AJosé María Aznar, al presidente del Congreso, Federico Trillo, a su vicepresidente, Enrique Fernández Miranda, y a otros personajes de menor relevancia institucional del Partido Popular se les podrá reprochar el hecho de haber ofrecido internacionalmente la imagen de una España irreconciliada, en la que permanecen abiertas las heridas de la Guerra Civil, iniciada hace 60 años. Con la excusa de agendas repletas de compromisos anteriores, todos se han negado a recibir a los ancianos ex voluntarios de las Brigadas Internacionales, que estos días visitan el país en el que vinieron a luchar por la democracia y contra el fascismo. Y esto ha ocurrido incluso en el Congreso, que es símbolo y expresión del pluralismo y la soberanía popular.
El PP ha causado un daño irreparable a la España que dice servir y ha cometido un error gravísimo como partido que quiere aparecer centrado. En 1936, en un país enfrentado por un conflicto fratricida, personas de pensamiento alejado de los dos extremismos las hubo en ambos bandos. Con su negativa a participar en el homenaje a los brigadistas, 60 años después de su entrada en combate, se distancia de los moderados republicanos y rebeldes, y se alinea claramente con el radicalismo franquista, que se ha expresado arrogantemente estos días en cartas a los periódicos y llamadas a las emisoras de radio. Seguramente la bravuconería de los comunicantes no hubiera sido la misma si los presidentes del Gobierno y del Congreso, en cumplimiento de sus funciones institucionales, hubieran sabido estar en su lugar. Han hecho barricada con ellos y su torpeza empaña la imagen de una España reconciliada, conseguida con el consenso constitucional en 1978.
La presencia de los brigadistas en España ha podido tener en su origen una significación política. Pero el PP la ha politizado en el sentido más abyecto. Que el grupo político con mayor nivel de representación de España en 1996 pueda moverse aún por el resentimiento de una minoría movida por el odio visceral, que no representa nada, resulta preocupante.
LA CABALA
Ana R. Cañil
¿Importa que Federico Trillo o Enrique Fernández Miranda no reciban en el Congreso a los miembros de las Brigadas Internacionales? Importa. Estos dos señores son el presidente y el vicepresidente del Congreso de los Diputados, que representa la voluntad de todos los ciudadanos. Por lo demás, la actitud del Gobierno y del presidente del Parlamento hacia los brigadistas sólo sitúa a cada uno en su sitio.
En las filas del PP hay una explicación extraoficial que dice que los populares no pueden irritar aún más a esa masa de votantes procedentes de la derecha; esa derechona que se arrepiente de haber votado a un Aznar que dice estar cada vez más centrado. No basta como argumento. En la ausencia de cinco de los seis representantes que el PP tiene en las Mesas del Congreso y del Senado perdura algo del revanchismo que no termina de desprenderse de los caros ropajes de la derecha civilizada. Por más centrifugados que se hagan, los orígenes permanecen. ¿Qué habría pasado si el homenaje hubiera sido a la Legión Cóndor? Dicen que ésta es una pregunta demagógica.
En el Palacio de Congresos de Madrid cuatro brigadistas sujetaban el estandarte republicano de la 11 Brigada Thaelmann, una de las reagrupadas en 1939 que cubrió la retirada de los españoles que caminaban hacia el exilio. Con la bandera entre las manos, los cuatro ancianos miraban a las cámaras de televisión y a las 10.000 personas que estaban en las gradas aplaudiéndoles. ¿Alguien puede creer que alguno de ellos se extrañara de que los herederos del triunfo de la guerra no les recibieran en el Congreso?
Hay cornadas peores. En el Palacio de Deportes un viejo anarquista gritó "¡Viva Durruti!"; un trotskista: "¡Viva el POUM!" Se quedaron solos. La vieja guardia controlaba el acto. Mientras Paco Frutos, Armando López Salinas o Marcelino Camacho se sentaban en el ruedo entre los brigadistas, Simón Sánchez Montero o el socialista Máximo Rodríguez se tuvieron que conformar con el anonimato de las gradas. Esto sí que duele.
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