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SOCIEDAD |
11/11/96 |
E l presidente del Parlament de Catalunya, Joan
Reventós, arrancó su discurso de bienvenida a los brigadistas
con un recuerdo personal: "Aquel día de octubre de 1938 vi,
con ojos de niño, cómo los voluntarios internacionales eran
despedidos por el pueblo de Barcelona en el que sería el último
acto multitudinario de la república. Recuerdo cómo grupos
de chicas ofrecían flores a los brigadistas que desfilaban por la
Diagonal". Y continuó con un recuerdo escrito, la crónica
que aquel día publicó "La Vanguardia" y que decía:
"Hombres duros en las batallas, heroicos, curtidos a todas las emociones;
hombres fuertes desfilaban con la tristeza reflejada en el semblante".
Los hombres y mujeres que ayer entraron en el Parlament de Catalunya ya
no eran duros ni estaban lo bastante curtidos como para contener sus emociones.
Tampoco eran fuertes, pero en su semblante ya no había tristeza,
sino la alegría de volver a un país que les acogía
como abuelos de la libertad.
Reventós también resumió la trayectoria vital e ideológica
de unos ancianos brigadistas que "lucharon contra el totalitarismo
en España, proseguirían en la resistencia durante la Segunda
Guerra Mundial y muchos aún tendrían que afrontar el combate
contra el estalinismo". Y los restos de esos combates y las heridas
que dejan los años y la vida se veían en ese desfile de personas
cansadas, enfermas, sentadas en sillas de ruedas. Pocos levantaron el puño
cuando les saludó la gente ante el Parlament. La mayoría
no tenía ni fuerza para contener las lágrimas de emoción
y el horror de unos recuerdos rotos en las trincheras de la peor España
que se recuerda.
Sin flores
A yer, ninguna joven les dio flores, como hace
sesenta años. Sólo recibieron palabras de gratitud y aplausos
de respeto. Los restos de aquella brigada que cantaba el "Ay, Carmela"
en el frente del Jarama no eran la imagen de una brigada de vencedores
ni de vencidos, sino más bien la de una pacífica excursión
del Inserso.
La imagen de ayer también era la de los brigadistas cubanos vestidos
con ropa de socialismo cubano junto a los brigadistas norteamericanos,
ataviados de turistas de primera potencia económica. También,
la de los brigadistas serbios, croatas y bosnios, juntos pero no revueltos.
O la de aquel brigadista que llegó a Cataluña como yugoslavo,
llegó a general luchando contra los nazis y, ya jubilado, ha vivido
otra guerra fratricida. Ni él, ni sus compañeros, ni aquellos
contra quienes lucharon se merecían un siglo como el que les ha
tocado resistir.
Ayer nadie cantó el "Ay, Carmela" y el único "ay"
que se oyó fue el de un anciano cuando accidentalmente le cayó
encima un candelabro del Parlament y le hirió en el rostro. Fue
otra herida para la libertad.