|
OPINIÓN |
09/11/96 |
SABATINAS INTEMPESTIVAS. GREGORIO MORÁN
H ay que estar fanatizado por la propia historia
para que estos ancianos blindados de entusiasmo le evoquen a alguien la
guerra civil. Hay que ser muy miserable para contemplar a estos curtidos
muchachos de ochenta años con ese gesto de conmiseración
de quien está de vuelta de todas las batallas. Los Brigadistas son
depositarios de verdades nunca más dichas; los últimos para
quienes pronunciar "España" era motivo de orgullo democrático,
los últimos en creer que el patriotismo no vale apenas nada comparado
con la libertad, los últimos también en concebir el internacionalismo
como la genuina actitud del ciudadano ante el presente. Un voluntario,
digo bien, un voluntario, de las Brigadas Internacionales es un compendio
de lo más elevado que pudo dar el hombre en el más tortuoso
de los siglos.
Conozco con detalle cómo se gestó este homenaje casi póstumo
a los cuarenta mil brigadistas que vinieron a España y hay que felicitarse
que sea con un gobierno conservador cuando los cuatrocientos supervivientes
asistan entre emocionados y perplejos a este festival de la memoria y la
conciencia. Ningún partido político en principio se negó
a colaborar pero ninguno tampoco sentía el más mínimo
entusiasmo. Detengámonos por un momento en el presente. No hay partido
histórico que contenga en su seno nada de lo que sus siglas significaron
en la guerra civil. ¿Acaso el PSOE de Felipe González y Narcís
Serra y Borrell y Benegas tiene algo que ver con aquel otro que entró
en liquidación durante la guerra? ¿Y la Esquerra Republicana
de Catalunya, tan omnipresente entonces? Bastaría con rememorar
la textura viscosa y deleznable de algunos trepas en busca de destino,
como Ángel Colom y Pilar Rahola. Nada es igual, no quiero decir
que sea mejor, sencillamente es distinto.
Si hay algo que fueron dejando claro las sucesivas elecciones democráticas
desde 1977 es que cualquier recuerdo de la guerra civil era contraproducente
para quien lo evocara. Ahora que tanto indocumentado --o cínico--
recuerda la inmarcesible figura de Dolores Ibarruri "Pasionaria",
cabría refrescarle la memoria. La primera gran crisis del Partido
Comunista en la transición tuvo lugar en Asturias, cuando la inmensa
mayoría de la organización consideró una provocación
que aquella anciana, por venerable que fuera para algunos, se presentara
como cabeza de lista electoral. Constituía un símbolo de
un pasado que nadie, empezando por la joven militancia comunista asturiana,
quería revivir.
El relativo fracaso del PCE y el éxito del PSUC en las primeras
confrontaciones electorales no tienen otro significado que el de las responsabilidades
históricas. Nada recordaba en el PSUC de 1977 su origen bélico;
estaba vivo y la memoria le alcanzaba en su valiosa lucha por las libertades.
Mientras que el PCE presentaba aquella cantera de glorias de guardarropía
encabezada por su secretario general, el actual novelista Santiago Carrillo
e Ignacio Gallego, genuino "maÂitre-à-penser" de
Julio Anguita.
Nosotros somos mucho más hijos de la postguerra incivil que de la
guerra civil. Por eso estamos en condiciones inmejorables para valorar
lo que significan los brigadistas en el propio contexto de la guerra. Son
patrimonio de la izquierda, por supuesto, pero de una izquierda irrepetible
que sería ridículo asimilar al movimiento comunista de 1936,
cuando aún existía la III Internacional. No son las orientaciones
de Dimitrov, Thorez, Togliatti o Stepanov, las que dan el tono de las Brigadas
Internacionales. No es la defensa de la Unión Soviética lo
que imprime carácter a las Brigadas Internacionales; tarea para
la cual se creó la III Internacional. Aquellos cuarenta mil jóvenes
vinieron a defender la democracia española del fascismo que había
triunfado ya en Italia, Alemania y Austria.
Pusieron la propia vida en el empeño y un tercio de ellos la dejaron
aquí. Vivimos en un mundo de tradiciones culturales que considera
el gesto de Lord Byron hacia la Grecia ocupada por los turcos como la máxima
representación del desprendimiento. Murió en esa tarea un
tanto oscuramente, por más que la leyenda considere la empresa como
un hito en la cultura europea. Una muerte honrosa obliga siempre a ser
benigno con la vida, con los errores, con los desvíos y las torpezas.
Si fue verdad en Byron, lo fue también en Companys y en tantos otros.
Pero estos no, porque ninguno de ellos escogió morir heroicamente.
Sencillamente vinieron a defender a una gente a la que no conocían
y con la que no podían alcanzar gloria alguna que no fuera la satisfacción
con uno mismo, el orgullo de ser hombre y libre; una cosa que hace años,
muchos años, tenía un valor supremo.
Ser carnaza de la historia, consciente de serlo, voluntariamente, revela
una dignidad poco común. Cuando soltaron a los brigadistas en el
frente de Madrid para hacer eso que los cursis llaman "bautismo de
fuego", en noviembre de 1936, cayeron como moscas, pero aguantaron
y siguieron viniendo y siguieron luchando. Comprendámoslo en su
auténtica dimensión. Un aventurero busca la gloria o la fortuna.
Sin embargo nada personal e intransferible, como no fuera la conciencia,
podía alcanzarse entonces en España; ni la patria, ni la
lengua, ni la religión, ni tan siquiera la ideología --¿acaso
olvidamos cuantos cuáqueros norteamericanos dejaron su vida en esta
tierra de inquisidores?--. Vinieron porque quisieron venir. Porque ser
protagonista de la historia, para unos, se reduce a saber qué piensa
el poder y compartir sus migajas, e incluso hoy día charlar en una
tertulia radiofónica. Pero esta actitud plebeya, de lacayos charlatanes,
va con los tiempos. Entonces, ser protagonista significaba pelear.
Quisieron cambiar el destino y como a los héroes griegos los dioses
se divirtieron a su costa. Un tercio perdió la vida en un lugar
inhóspito y en unos años tremendos. Volvieron a sus casas
cansados y frustrados para ser testigos de otra guerra, menos heroica diría
yo pero más entendible, se luchaba por un territorio y contra una
invasión enemiga; aunque vencieron, salieron derrotados. Luego vino
la guerra fría que los laminó a todos; eran sospechosos en
ambos bandos. Demasiado creyentes en la libertad, la revolución,
la igualdad, el internacionalismo, para ser súbditos leales. La
fidelidad al Estado nace siempre con un punto de cobardía y frustración.
Nadie como las Brigadas Internacionales tuvo claro que el Estado era un
invento para intimidar al ciudadano.
A veces pienso si no seremos la última generación que aún
conserva un respeto hacia los abuelos. Una adolescencia sin abuelos --no
digamos ya una infancia-- es tan grave quizá como una sexualidad
reprimida, diga lo que diga Freud. Para muchos de nosotros los brigadistas
son los abuelos de nuestra experiencia política, tan discretos que
ni siquiera han contado sus batallas; la verdad es que tampoco les dimos
muchas oportunidades para intentarlo. Las perdieron todas pero están
ahí, como vencedores, como esos tipos que después de haber
sido humillados en un campo de concentración al fin un día
son liberados, sobreviven, y pueden decir que en ese simple hecho, trascendental,
está su victoria. Son los testigos. Un abuelo es el primer profesor
de historia que conoce el ser humano.
A mí me hubiera gustado que los recibiera el Rey, y el presidente
del Gobierno y la ministra de Justicia y los responsables de las Cortes.
Primero porque todos son hijos de vencedores de la guerra civil, y es bueno
que esa diferencia que ya no existe en la vida cotidiana deje de serlo
en los símbolos políticos de un país democrático.
Y también para compensar, porque reinar es un ejercicio de equilibrios
y compensaciones y me viene a la memoria quién fue Manuel Aznar,
abuelo de José María Aznar, y quién el juez Mariscal
de Gante, progenitor de la ministra, y quién Torcuato Fernández
-Miranda, padre del vicepresidente primero del Congreso, y también
porque la primera audiencia que concedió el Rey Juan Carlos cuando
se iniciaba la transición, recién muerto Franco, fue a la
Hermandad de Combatientes del franquismo, con su presidente Girón
de Velasco flanqueado por el jefe de prensa, Fernando Onega.
Acabo de enterarme de que Frida Knight murió hace unas semanas.
Era una señorita de Cambridge que disponía de carnet de conducir,
cosa sofisticadísima en la España de la época, y a
la que convirtieron en chófer de ambulancia. Recorrió la
España republicana, de frente en frente, desde Murcia a Madrid para
acabar en Barcelona, recogiendo heridos y amontonando muertos. La venció
el destino antes de volver a España con el grupo de brigadistas.
Dejó en su testamento una cláusula en la que pedía
que sus cenizas fueran esparcidas por el frente más sufrido de cuantos
vivió, la Ciudad Universitaria de Madrid. Al parecer hubieron de
echarlas el pasado miércoles en el puente de los Franceses, a la
vera del Manzanares. Muy hondo tuvo que calar aquel compromiso para no
olvidarlo ni en la última voluntad. ¿Ciudadanos españoles?
Son ciudadanos del mundo con derecho a echar sus cenizas sobre el lugar
donde les dé la gana de todo el territorio español.