OPINIÓN

06/11/96




SU NÚCLEO INICIAL estaba formado por participantes de la llamada Olimpiada Popular, que se celebró en Barcelona

Las Brigadas Internacionales

JORGE MARÍN

U nos cuatrocientos miembros de las famosas Brigadas Internacionales, formadas por voluntarios de treinta y cinco países que vinieron a España a luchar contra el fascismo, vuelven esta semana para participar en los actos de homenaje organizados con motivo del sesenta aniversario de su formación. En esta, Barcelona desempeñó un papel preponderante, pues su núcleo inicial estaba formado por participantes de la llamada Olimpiada Popular, que acababa de celebrarse en ella y que tenía el común denominador de su ideología antifascista.
El proyecto de crear unas Brigadas Internacionales para hacer frente al fascismo fue patrocinado por el especialista inglés en cuestiones militares Tom Win- tringham, el embajador soviético Marcel Rosemberg, el italiano Palmiro Togliatti y el francés Maurice Thores, completándose su estructuración con la participación del representante del Gobierno español Diego Martínez Barrio. El centro de reclutamiento internacional se estableció en París y estaba dirigido por el italiano Giulio Carreti y el yugoslavo Josip Broz que, años más tarde, había de hacerse famoso bajo el título de mariscal Tito.
En las Brigadas Internacionales participaron un total de cuarenta mil hombres procedentes de más de cincuenta países. Intervinieron eficazmente en la defensa de Madrid, en las batallas del Jarama, Brunete, Belchite y finalmente en la del Ebro, y en ellas murió una tercera parte de sus componentes. Pero en octubre de 1938 la Sociedad de Naciones ordenó su retirada, el Gobierno español la puso en práctica y el 15 de noviembre de 1938 Barcelona fue escenario de un acto sin precedentes.
En la avenida Diagonal millares de barceloneses salieron a la calle para presenciar en esa magnífica vía el desfile final de las Brigadas Internacionales. El jefe del Gobierno, Juan Negrín, les dirigió la palabra agradeciéndoles el que hubiesen dejado sus países para venir a defender las libertades de todos, mientras unos aviones sobrevolaban la escena y dejaban caer unas octavillas con unos alegóricos versos de Rafael Alberti que decían: "Sois de cualquier país, del grande, del pequeño, del que apenas al mapa da un color desvaído...". Pero fue el emotivo discurso de Dolores Ibárruri, "la Pasionaria", el que mayor impacto produjo cuando dirigiéndose a las mujeres de Barcelona les dijo:
"Cuando pasen los años y las heridas de la guerra se hayan cicatrizado; cuando el triste recuerdo de esos sangrientos días dé paso a un Estado de libertad, amor y bienestar, cuando desaparezca el rencor y cuando el orgullo de ser un pueblo libre sea común a todos los españoles, mencionad a vuestros hijos las Brigadas Internacionales y explicadles que sus componentes cruzaron mares y montañas, dejaron sus países y sus hogares, y vinieron a defender vuestra causa, que es la causa de todos".
Unos cinco mil hombres de treinta nacionalidades distintas dejaron Barcelona y entre ellos los más de trescientos que formaban el Batallón Británico. Éstos llegaron a Londres el 7 de diciembre y fueron recibidos en la estación por el primer ministro Clement Attlee y otros miembros del Gobierno. Y después de las presentaciones de rigor en el andén de esa estación londinense, el jefe de ese batallón, Sam Wild, ordenó a sus reclutas el clásico rompan filas. Con todo ello se deshacía ese conglomerado de intelectuales, poetas, empleados y mineros que tenían, más que un profundo sentir marxista, un fuerte sentido antifascista. Lo que verdaderamente unía a los graduados de la Universidad de Oxford con los mineros de Gales no era tanto el proestalinismo como el antihitlerismo y, bajo este común denominador, el marxismo intelectual de los primeros conjugaba con el comunismo pragmático de los segundos. Desgraciadamente, las diferencias ideológicas de muchos de sus componentes hicieron muy difícil el mantenimiento de un frente común. Mi amistad con el escritor George Orwell --forjada en los días en que los dos trabajábamos en la BBC-- me permitió vivir de cerca las diferencias ideológicas existentes entre los distintos componentes de las Brigadas Internacionales.
Pero ideologías aparte, el batallón británico de las Brigadas constituyó un cuerpo de ejército que, extraoficialmente, representó a la Gran Bretaña en un conflicto bélico que había de hacer un impacto considerable en la Europa de hoy. No es de extrañar, pues, que el Imperial War Museum de Londres considerase que merecía la pena recoger para la posteridad todo lo que tenía relación con la participación británica en la guerra civil española y le dedicase una sección especial.
De la misma manera que la guerra de la independencia griega brindó en 1821 a Byron y a otros intelectuales británicos la oportunidad de luchar en tierra extranjera por la libertad, contra lo que consideraban un peligro y una tiranía, la guerra civil española brindó a poetas ingleses como Stephen Spender y John Cornfield, a escritores como George Orwell y Philip Toynbee y a muchos otros intelectuales la oportunidad de "romper una lanza" en favor de las libertades europeas que veían amenazadas por el nazismo.
De aquellos cuarenta mil voluntarios que formaron las Brigadas Internacionales que lucharon en nuestra guerra civil, sólo quedan unos seiscientos supervivientes y ha sido un gesto que honra al Gobierno el que se les haya otorgado la nacionalidad española. Uno de ellos expresó sus sentimientos diciendo: "Es un honor para nosotros y para nuestros muertos". Pero, al margen de ideologías y partidismos, es un gesto que nos honra a todos.
JORGE MARÍN, periodista y escritor
Copyright La Vanguardia 1996